Madrid, 3 de mayo de 2006
He querido cumplir antes de que nazcas con un único pedido paterno que he escuchado desde que empecé a escribir y a ser lectora voraz de libros: escribir un libro. Este no sé si será un buen libro, ni tan siquiera un libro, pero creo que puedo cumplir con mi progenitor y quizás también con vos, que por ahora sos un proyecto del amor.
También tengo varias razones más para escribirte. He llegado a la mitad de mi vida y he cumplido con casi todas los sueños que me he propuesto desde que empecé a soñar, y los que me quedan, pronto habrán de cumplirse: me voy a casar con el que será seguramente tu papá y además, espero tenerte algún día en mis brazos.
Pero una razón más me incita a escribirte. Estoy lejos de casa, del otro lado del Atlántico, por primera vez en mi vida, en el lugar desde donde vinieron tus tatarabuelos. Por eso, mi papá siempre me pidió que contara las travesías de esas personas que se vinieron a Mendoza sólo con una esperanza chiquita entre las manos para cumplir un sueño y tener una vida mejor. Según él, esas historias debían ser contadas porque son nuestras raíces y mucho de lo que somos y de lo que hemos conseguido, hasta el simple hecho de que yo pueda hoy estar aquí, una noche primaveral en Madrid, sentada frente a mi primera computadora portátil escribiéndote, por el amor que permite que mi papá, yo y pronto vos también, estemos del otro lado del Atlántico. Yo creo que tiene razón.
Pero debo confesarte algo más. Tengo la ilusión, ingenua quizás, de que cuando leas esto algún día, comprendas porqué las personas hacemos todo lo que hacemos y que tiene una sola respuesta: el amor. No quiero ser cursi, no es mi estilo, aunque sentimental sí soy, más aún después de mirar esa tierra a la distancia durante más de 7 meses, añorando lo que nadie nos podrá quitar: el amor y la fidelidad de los que amamos. La patria está en donde están nuestros seres queridos y yo, en esta noche solitaria, quiero fundar una patria nueva, porque comenzaremos una familia nueva, una patria que vendrá a completar todas las patrias que mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres ya construyeron.
Esta mañana me levanté pensando en ese pedido de mi papá, cuando ponía su cara de ilusión en mí, y me pedía que escribiera estas historias de mis abuelos para que nadie las olvidara, aunque sé que siempre fue una excusa para que escribiera y cultivara, según él, ese don que he recibido. La verdad es que mi papá ha alimentado mi autoestima más de lo que yo he merecido, pero es mi papá, y gracias a él también estoy aquí.
Por eso, quiero contarte esta historia. No sé cuán larga será mi vida, pero sé que lo que he vivido hasta ahora ha sido una larga cadena de aprendizajes valiosos y me siento una privilegiada, porque tuve la suerte de recibir mucho más de lo que muchos han recibido. Por eso, también te escribo, porque quizás recibirte, será lo máximo y más valioso que pueda llegar a recibir.
He sentido pues la necesidad imperiosa de escribirte, aunque hace tiempo que quería hacerlo, pero en mi mente siempre estuviste en sueños como una idea lejana e inalcanzable. Pero ahora, desde que encontré al amor definitivo, el sueño se ha vuelto tangible y durante estos meses aquí, he aprendido mucho más de mi, de mis raíces, de mi tierra y de mi gente que esos 34 años vividos allá, o mejor dicho, he aprendido a valorar a la distancia, mucho más de lo que podía ver por la mirada miope de lo cotidiano. Paradójicamente, a pesar de la distancia física, me siento más hija, más hermana, más amiga, más amante, más mendocina, más argentina acá que allá, porque las cosas se valoran siempre más cuando uno las siente lejanas o las ha perdido.
Pero para que entiendas un poco de lo que hoy que siento, debo contarte que pasó antes. Por eso, empecemos por el principio.
