Todo en París refulge: las calles azucaradas con patisseries, restaurants, boutiques y bijouteries, los edificios monumentales, las estatuas de las esquinas, los puentes del Sena, incluso la misma Tour Eiffel, Notre Dâme, el Hotel de la Ville, Les Invalides, el Louvre y cuanto museo, plaza, iglesia o edificio público merezca ser visto.
Hasta los turistas de cualquier nacionalidad refulgen en esa ciudad, que se desnuda ante los ojos de los visitantes como una vedette hermosa, más exótica o magnífica que las piernas desnudas de las bailarinas del Moulin Rouge o el Lido. París es luz y de su luz uno no puede evitar contagiarse e inundarse desde afuera hacia adentro, por su vitalidad hermosa, a pesar del frío del invierno o de la primavera incipiente.
Sin embargo, está la otra París, la que refulge desde diciembre por la luz de los incendios de los autos, en las manifestaciones callejeras. Hay otra París, la de los que quieren refulgir y no pueden, por su color, su condición inmigrante o sus problemas laborales. Las últimas manifestaciones desde diciembre lo demuestran. Los inmigrantes tomaron las calles en diciembre gritando a los cuatro vientos, en las congeladas navidades que no pudieron disfrutar, por la falta de oportunidades, especialmente para las minorías – yo diría mayorías- de negros que tiñen sus calles. Esta semana pasada irrumpieron en el orden parisino los estudiantes y los jóvenes desocupados por las calles cercanas a La Sorbonne de la Rive Gauche, rememorando el mayo setentayochista, en contra de una flexibilización laboral injusta.
Como turista no me enteré, debo confesarlo. Así es París. Puede haber una manifestación cuantiosa y sólo pudimos pensar en alguna manifestación por el despliegue de policías una mañana cruzando raudos frente al monumental Les invalides. Pero a los turistas nada los puede perturbar en esa ciudad hecha para turistas. La manifestación afectaba a los residentes, no a los visitantes, y también afecta indirectamente al resto de Europa, que mira con indolencia esas manifestaciones desusadas en este primer mundo. Pero los efectos son notorios. Los turistas podemos percibir, prestando la debida atención, la desigualdad reinante, aunque no se note excesivamente. Las calles son limpiadas por tropas incansables de “negros” de la municipalidad de Paris. La seguridad de los edificios públicos, museos, iglesias son tarea de “negros”. La limpieza de los baños públicos son tareas de “negros”. Y ese relegamiento social debe notarse tarde o temprano.
Hace casi un año tuve la oportunidad de conocer a una antropóloga parisina, Michele Pétit, especializada en promoción de lectura en zonas desfavorecidas de Francia. Su conclusión fue tajante: los jóvenes negros inmigrantes, que habitan las zonas urbano- marginales de París, aún usando los ricos recursos de las Bibliotecas públicas y estudiando incansablemente para lograr un título universitario, jamás podrán ejercer su profesión. El logro mayor de las bibliotecas ha sido poder proveerles libros para que puedan culminar sus estudios. Son los lectores más agradecidos del país galo, porque los inmigrantes utilizan esos recursos aún más que los nativos franceses. Sin embargo, la realidad les da un cachetazo y la espalda. Al finalizar la universidad les cierra la puerta a trabajos superiores, mejores sueldos y, en consecuencia, una mejor calidad de vida. Les brindan la oportunidad de estudiar y subir peldaños en lo intelectual, pero no en lo laboral.
Mientras tanto, el resto de Europa mira con cara de preocupación esta realidad, especialmente España que recibe cada año miles de inmigrantes latinoamericanos y africanos del norte. Por eso, el estado español se ocupa en estos tiempos de una política de inclusión de las comunidades inmigrantes, para no repetir las consecuencias que se dan al otro lado de los Pirineos.
Habrá que preguntarse si la globalización será solamente económica o intelectual y no deberá ser también laboral. Si se puede seguir excluyendo a pesar de una formación superior. Si no llegó ya la hora de acabar con las diferencias de colores de piel, de religiones, de lenguas, de culturas, que desde tiempos inmemoriales vienen sembrando las guerras que aún nos azotan como latigazos, sólo por el hecho de ser diferentes.
Me duele París, tanto como refulgen en mis pupilas todavía sus imágenes. Me duele París, tanto como aprendí a amarla desde chica por mis antepasados galos del sur. En mi sangre latina, confluyen diferentes sangres de diferentes países y diferentes religiones, como en la de tantos otros hermanos americanos, europeos, africanos, asiáticos…. Somos la encarnación del mestizaje de etnias, de lenguas, de culturas. Somos la globalización hecha carne… ¿Por qué no aceptarlas entonces de una vez por todas y alentarlas, en vez de castigarlas con discriminación y marginación?
Lic. María Victoria Diumenjo Quiroga Michelutti Freneau Grimalt Ordóñez ...
París- Madrid- Marzo de 2006
Hasta los turistas de cualquier nacionalidad refulgen en esa ciudad, que se desnuda ante los ojos de los visitantes como una vedette hermosa, más exótica o magnífica que las piernas desnudas de las bailarinas del Moulin Rouge o el Lido. París es luz y de su luz uno no puede evitar contagiarse e inundarse desde afuera hacia adentro, por su vitalidad hermosa, a pesar del frío del invierno o de la primavera incipiente.
Sin embargo, está la otra París, la que refulge desde diciembre por la luz de los incendios de los autos, en las manifestaciones callejeras. Hay otra París, la de los que quieren refulgir y no pueden, por su color, su condición inmigrante o sus problemas laborales. Las últimas manifestaciones desde diciembre lo demuestran. Los inmigrantes tomaron las calles en diciembre gritando a los cuatro vientos, en las congeladas navidades que no pudieron disfrutar, por la falta de oportunidades, especialmente para las minorías – yo diría mayorías- de negros que tiñen sus calles. Esta semana pasada irrumpieron en el orden parisino los estudiantes y los jóvenes desocupados por las calles cercanas a La Sorbonne de la Rive Gauche, rememorando el mayo setentayochista, en contra de una flexibilización laboral injusta.
Como turista no me enteré, debo confesarlo. Así es París. Puede haber una manifestación cuantiosa y sólo pudimos pensar en alguna manifestación por el despliegue de policías una mañana cruzando raudos frente al monumental Les invalides. Pero a los turistas nada los puede perturbar en esa ciudad hecha para turistas. La manifestación afectaba a los residentes, no a los visitantes, y también afecta indirectamente al resto de Europa, que mira con indolencia esas manifestaciones desusadas en este primer mundo. Pero los efectos son notorios. Los turistas podemos percibir, prestando la debida atención, la desigualdad reinante, aunque no se note excesivamente. Las calles son limpiadas por tropas incansables de “negros” de la municipalidad de Paris. La seguridad de los edificios públicos, museos, iglesias son tarea de “negros”. La limpieza de los baños públicos son tareas de “negros”. Y ese relegamiento social debe notarse tarde o temprano.
Hace casi un año tuve la oportunidad de conocer a una antropóloga parisina, Michele Pétit, especializada en promoción de lectura en zonas desfavorecidas de Francia. Su conclusión fue tajante: los jóvenes negros inmigrantes, que habitan las zonas urbano- marginales de París, aún usando los ricos recursos de las Bibliotecas públicas y estudiando incansablemente para lograr un título universitario, jamás podrán ejercer su profesión. El logro mayor de las bibliotecas ha sido poder proveerles libros para que puedan culminar sus estudios. Son los lectores más agradecidos del país galo, porque los inmigrantes utilizan esos recursos aún más que los nativos franceses. Sin embargo, la realidad les da un cachetazo y la espalda. Al finalizar la universidad les cierra la puerta a trabajos superiores, mejores sueldos y, en consecuencia, una mejor calidad de vida. Les brindan la oportunidad de estudiar y subir peldaños en lo intelectual, pero no en lo laboral.
Mientras tanto, el resto de Europa mira con cara de preocupación esta realidad, especialmente España que recibe cada año miles de inmigrantes latinoamericanos y africanos del norte. Por eso, el estado español se ocupa en estos tiempos de una política de inclusión de las comunidades inmigrantes, para no repetir las consecuencias que se dan al otro lado de los Pirineos.
Habrá que preguntarse si la globalización será solamente económica o intelectual y no deberá ser también laboral. Si se puede seguir excluyendo a pesar de una formación superior. Si no llegó ya la hora de acabar con las diferencias de colores de piel, de religiones, de lenguas, de culturas, que desde tiempos inmemoriales vienen sembrando las guerras que aún nos azotan como latigazos, sólo por el hecho de ser diferentes.
Me duele París, tanto como refulgen en mis pupilas todavía sus imágenes. Me duele París, tanto como aprendí a amarla desde chica por mis antepasados galos del sur. En mi sangre latina, confluyen diferentes sangres de diferentes países y diferentes religiones, como en la de tantos otros hermanos americanos, europeos, africanos, asiáticos…. Somos la encarnación del mestizaje de etnias, de lenguas, de culturas. Somos la globalización hecha carne… ¿Por qué no aceptarlas entonces de una vez por todas y alentarlas, en vez de castigarlas con discriminación y marginación?
Lic. María Victoria Diumenjo Quiroga Michelutti Freneau Grimalt Ordóñez ...
París- Madrid- Marzo de 2006

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